***
Estando ya enlistado en el ejército, se me asignó la retagurdia, donde pensé que evitaría un poco la confrontación bélica. No obstante, la contienda estaba en su furor y no había lugar en dónde camuflar mi cobardía y apatía por las formas y móviles de aquel ritual de matanza. Así que me pasaba los días fingiendo disparar a blancos ficcionarios y tratando de esquivar cualquier ofensiva. Ello fue efectivo por un tiempo, pero finalmente, dos balas me atravesaron y estando inconsciente mi tropa avanzó, dándome por muerto.
Las enfermeras no entendían mi idioma y por eso, tales insensateces no les generó alerta y no pusieron en juicio mi salud mental.
En un momento de climax de delirio e irrascionalidad, entendí mi situación: era un demente al que la sociedad había segregado en un lugar donde mi muerte sería justificada con formalismos. El ejército era la eutanasia que me habían recetado y el tratamiento paliativo sería la alineación para evitar contagios. Allí en medio de los sonidos de casquillos y metrallas mis insensateces no tendrían eco ni oídos receptores que le alterasen ante mis confesiones paranormales y mi afán de hacerme a un objeto virtual que me permitiese aprender.

Con la ausencia de los medicamentos de los que ya era dependiente, el estrés del entorno, el saberme cautivo, herido y reconociendo la vulneración máxima a mi autonomía; tomé una determinación y me pasé varios días haciéndome el que deliraba y no daba razón de sí. Todo para que solo me dieran vuelta y no se ocuparan bastante, aunque ello también implicase que no pudieran darme de alta aún, por la aparecente falta de evolución en mi curación.
Toda esta fachada que orquesté se hubiera resuelto en un hospital tradicional donde me podrían hacer chequeos completos y determinar que estaba bien, pero en un hospital militar que está en medio de una confrontación abierta, solo atiende síntomas y se ocupa de lo que esté despedazado y sangrante; para el resto de malestarles, lo único que tiene prescrito es una camilla en algún rincón apiñada entre los soldados desahuciados, aldeanos que hacían parte de los "daños colaterales" y agonizaban sin tratamiento alguno (no se gastaban suministros médicos en ellos) o fallecidos que aún no hubiesen podido incinerar o transportar.

Tenía la certeza de que mi única posibilidad favorable, era permanecer en el campamento médico y no en las celdas hacinadas con prisioneros de guerra, ya que por una parte, mi tropa me daba por muerto y por otra, aunque se supiera de mi captura, era un soldado de bajo rango y no se ocuparían de negociar mi libertad.
Mientras fingía mis delirios iba analizando la panorámica: quién entraba, cómo eran las rutinas y movimientos de aquel lugar y lo más indispensable: cuándo por agotamiento o emergencia, bajaban la guardia.
Aguardaba, esperando mi oportunidad, la cual se presentó unos días después. Fue cuando presencié que traían a un teniente muy malherido y por su rango, todos se concentraron en este, descuidando entre otras cosas, la disposición de los atuendos y accesorios que acababan de despojarle para aplicarle sus respectivos tratamientos.

Aprovechando dicho descuido, logré hacerme a algunas de las pertenencias del teniente que se encontraban en su uniforme, entre aquellas se hallaba una granada que custodié con recelo y que en cada chequeo que me hacían, la escondía en los cuerpos comatosos, delirantes o de fallecidos que estaban a mi lado.
Antes de que me dieran de alta de este espacio y me reubicaran en una prisión, decidí accionar: accioné la granada y volé medio campamento. Fallecí a causa de las heridas una semana después; antes de ello, noté que a mi lado pusieron a un pequeño niño que vivía en una de las aldeas afectadas por los bombardeos. Recientemente había ingresado al campamento con heridas medias de quemadura y por eso no lo había visto antes (yo estaba junto a los casos más graves a los que solo se les recetaba paliativos). Noté que el pequeño tenía ahora, su cuerpo totalmente destrozado y ventado, ya que había recibido el impacto mayor de mi granada, la cual había arrojado desprevenidamente hacia cualquier dirección y coincidió con su ubicación. Por tal motivo, casi todo su cuerpo estaba cubierto, exceptuando algunas partes como sus ojos.
Cuando logré hacer contacto visual con él, se congelaron cada una de las circunstancias que acaecían en el exterior y vino a mí ese conocimiento sempiterno que me otorgó las respuestas a cada uno de mis interrogantes; por ejemplo, supe qué era una OVA y entendí por fin cada una de sus etapas: planeción, presentación de contenido, actividades y evaluación.
Asimismo, tuve claridad de quién era, de quién había sido en otras vidas y qué había venido hacer en esta encarnación y que no cumplí. No obstante, no contaba con otra irrefutable verdad: que el pequeño no había sobrevivido y no pude preguntarle ni siquiera su nombre, pero sus ojos me relevaron su identidad: ¡Gicela!
Supe entonces que había asesinado a un ser Iluminado de virtuosa evolución que estaba encarnado en un niño, que además, se encontraba en la edad de mayor protección sacra (hasta los 7 años), así que su muerte prematura agravaría mi karma. Por ende, tuve la seguridad de que pagaría caro esa ofensa. Asimismo, tenía claro lo que me esperaba en ese lugar que recibe tantos nombres: tártaro, avitchi, averno, infierno, valhala, reino mineral...

Con la ausencia de los medicamentos de los que ya era dependiente, el estrés del entorno, el saberme cautivo, herido y reconociendo la vulneración máxima a mi autonomía; tomé una determinación y me pasé varios días haciéndome el que deliraba y no daba razón de sí. Todo para que solo me dieran vuelta y no se ocuparan bastante, aunque ello también implicase que no pudieran darme de alta aún, por la aparecente falta de evolución en mi curación.
Toda esta fachada que orquesté se hubiera resuelto en un hospital tradicional donde me podrían hacer chequeos completos y determinar que estaba bien, pero en un hospital militar que está en medio de una confrontación abierta, solo atiende síntomas y se ocupa de lo que esté despedazado y sangrante; para el resto de malestarles, lo único que tiene prescrito es una camilla en algún rincón apiñada entre los soldados desahuciados, aldeanos que hacían parte de los "daños colaterales" y agonizaban sin tratamiento alguno (no se gastaban suministros médicos en ellos) o fallecidos que aún no hubiesen podido incinerar o transportar.

Tenía la certeza de que mi única posibilidad favorable, era permanecer en el campamento médico y no en las celdas hacinadas con prisioneros de guerra, ya que por una parte, mi tropa me daba por muerto y por otra, aunque se supiera de mi captura, era un soldado de bajo rango y no se ocuparían de negociar mi libertad.
Mientras fingía mis delirios iba analizando la panorámica: quién entraba, cómo eran las rutinas y movimientos de aquel lugar y lo más indispensable: cuándo por agotamiento o emergencia, bajaban la guardia.
Aguardaba, esperando mi oportunidad, la cual se presentó unos días después. Fue cuando presencié que traían a un teniente muy malherido y por su rango, todos se concentraron en este, descuidando entre otras cosas, la disposición de los atuendos y accesorios que acababan de despojarle para aplicarle sus respectivos tratamientos.

Aprovechando dicho descuido, logré hacerme a algunas de las pertenencias del teniente que se encontraban en su uniforme, entre aquellas se hallaba una granada que custodié con recelo y que en cada chequeo que me hacían, la escondía en los cuerpos comatosos, delirantes o de fallecidos que estaban a mi lado.
Antes de que me dieran de alta de este espacio y me reubicaran en una prisión, decidí accionar: accioné la granada y volé medio campamento. Fallecí a causa de las heridas una semana después; antes de ello, noté que a mi lado pusieron a un pequeño niño que vivía en una de las aldeas afectadas por los bombardeos. Recientemente había ingresado al campamento con heridas medias de quemadura y por eso no lo había visto antes (yo estaba junto a los casos más graves a los que solo se les recetaba paliativos). Noté que el pequeño tenía ahora, su cuerpo totalmente destrozado y ventado, ya que había recibido el impacto mayor de mi granada, la cual había arrojado desprevenidamente hacia cualquier dirección y coincidió con su ubicación. Por tal motivo, casi todo su cuerpo estaba cubierto, exceptuando algunas partes como sus ojos.
Cuando logré hacer contacto visual con él, se congelaron cada una de las circunstancias que acaecían en el exterior y vino a mí ese conocimiento sempiterno que me otorgó las respuestas a cada uno de mis interrogantes; por ejemplo, supe qué era una OVA y entendí por fin cada una de sus etapas: planeción, presentación de contenido, actividades y evaluación.
Asimismo, tuve claridad de quién era, de quién había sido en otras vidas y qué había venido hacer en esta encarnación y que no cumplí. No obstante, no contaba con otra irrefutable verdad: que el pequeño no había sobrevivido y no pude preguntarle ni siquiera su nombre, pero sus ojos me relevaron su identidad: ¡Gicela!
Supe entonces que había asesinado a un ser Iluminado de virtuosa evolución que estaba encarnado en un niño, que además, se encontraba en la edad de mayor protección sacra (hasta los 7 años), así que su muerte prematura agravaría mi karma. Por ende, tuve la seguridad de que pagaría caro esa ofensa. Asimismo, tenía claro lo que me esperaba en ese lugar que recibe tantos nombres: tártaro, avitchi, averno, infierno, valhala, reino mineral...

De tal forma que, haciendo uso de mis memorias ancestrales, pedí clemencia a la Divinidad y conjuré a los Arcanos para que mi ingreso en este reino no me sumiera en un ciclo degenerativo provocado por la sensación de venganza, ira, victimización y todo lo que conlleva a la experimentación de suplicios en todas sus matices. Les pedí que me acompañaran para que aceptara con amor y buen juicio todo aquello y solo así, salir de aquel lugar y no volverlo una constante o un camino descendente a otros niveles más densos en donde pululan espíritus turbios que disfrutarían de mi estadía y harían todo lo posible para que no saliera nunca de allí.
Las risas de espíritulos burlones y las miradas perturbadoras de las larvas astrales que generaron mis errores, fueron -aparentemente- mi única compañía en el momento en que desencarné, sumido en una completa alteración nerviosa producida por el miedo que sentía mi coraza humana y la lucha de mi atma por concentrarme en lo importante: aliarme con los habitantes de reinos más sublimes para que me guiaran y no escampara en el desespero y así, pese a todo, lograr hallar una salida y no desgastarme quejándome por lo inevitable.
***
Fue tanto mi afán de exiliarme del reino celular que no contemplé que podría salir por puertas de descenso y no ascenso, tal y como finalmente pasó. El peso de mi ofensa esta vez no se podría balancear en el reino celular (ni siquiera en el reino vegetal), tendría que habitar un lugar sumamente turbio y denso, afín con la disarmonía de mis actos. Allí, donde los asesinos y sacrílegos redimen sus culpas: el reino mineral.


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